Los manuscritos de economía y filosofía de Karl Marx

En este texto se reseña la obra de Karl Marx Manuscritos de economía y filosofía redactada en torno a 1844 y nunca publicada por su autor. En este caso se va a hacer hincapié en cuestiones económicas más que en otros aspectos desarrollados en dicha obra; cuestión ésta que el Marx maduro tomará como la más relevante y en la cual más profundizará. Este tema nos permite, no obstante, desplegar muchas de las reflexiones relativas a la dialéctica, explícitas o latentes, tratadas en la obra.

Marx asume el lenguaje y los supuestos de la Economía Política para, en el primero de los manuscritos, llevar a cabo una crítica radical de esta doctrina, llevando hasta sus últimas consecuencias aquello que se deriva de sus principios. Lleva cabo esta labor crítica por tres frentes distintos, analizando tres aspectos fundamentales en dicha ciencia: el salario, el capital, y la renta de la tierra. Lo que trata de mostrar aquí Marx no es precisamente que dicha ciencia haya llegado a conclusiones erróneas, no pretende propiamente reformar la economía corrigiendo alguno de sus aspectos, al contrario, la parcela de realidad que analiza esta ciencia la alcanza certeramente y el conocimiento positivo así recogido es de una efectividad aplastante; lo que propiamente se está criticando no es esa realidad apuntada por la disciplina, sino, en términos negativos, todo lo que ella ignora, la asunción de un tipo de ser humano que está presente en sus supuestos, una antropología materialista totalmente deshumanizadora, que no abarca la totalidad de la complejidad del ser humano y que ignora aspectos irrenunciables.

Allí en donde tanto el obrero como el capitalista sufren, el obrero sufre en su existencia y el capitalismo en la ganancia de su inerte Mammón [Manuscritos, p. 53]. A partir de esta observación, Marx expone la delicada situación del obrero frente al capitalista, donde existe una desigualdad fundamental que sitúa a unos en la experiencia inmanente de todos auellos problemas que acarrea una economía tal, en la materialidad de su existencia, en su mismo cuerpo, lo que en esos otros se refleja en la inmaterialidad del dinero, es decir, fuera de sí. Se da por tanto un extrañamiento fundamental en el dinero, que aleja de la existencia del capitalista las consecuencias reales del funcionamiento del sistema y quedan por tanto fuera de su experiencia. Constatada esta diferencia fundamental, lo que resta en su exposición es mostrar cómo, además, esos problemas de la economía no son de hecho una anomalía sino una necesidad intrínseca y se traducen, en consecuencia, en miseria necesaria para la clase proletaria. La consecuencia es esta: en una situación declinante de la sociedad, miseria progresiva; en una situación floreciente, miseria complicada, y en una situación en plenitud, miseria estacionaria [Manuscritos, p. 57]. ¿Y qué decir entonces de esta doctrina que reclama para sí la capacidad de llevar la prosperidad a las naciones?, para Marx, la finalidad de la Economía Política es, evidentemente, la infelicidad de la sociedad [Manuscritos, p. 57].

Pero ocurre que las nefastas consecuencias que sufre el obrero son producto de su trabajo y de la riqueza por él producida. La miseria brota, pues, de la esencia del trabajo actual [Manuscritos, p. 59]. El obrero está enfrentado con su propio trabajo y, por consiguiente, consigo mismo. La naturaleza misma del trabajo en el tipo de relaciones existentes en el sistema capitalista es tal que aliena al trabajador y se le enfrenta.

La Economía Política considera al trabajo abstractamente, como una cosa, en concreto, como una mercancía, así como al hombre mismo: la demanda de hombres regula necesariamente la producción de hombres, como ocurre con cualquier otra mercancía [Manuscritos, p. 52]. De la acción cosificadora de su análisis se sigue una antropología determinada. Esta ciencia no considera al obrero como hombre fuera de su trabajo; el salario mínimo coincide con aquel estrictamente necesario para la supervivencia del sujeto más su capacidad de trabajar, aquél que cubre tan sólo las necesidades corporales básicas; más allá de esto no hay nada, todas las demás cualidades humanas quedan descartadas en tanto carecen de efectividad dentro de las reglas de la oferta y la demanda. O, ampliando esto mismo, sólo se tienen en consideración aquellas actividades humanas que puedan constituir un negocio, la sociedad, como aparece para los economistas, es la sociedad civil, en la que cada individuo es un conjunto de necesidades y sólo existe para el otro, como el otro existe para él, en la medida en que se convierten en medio el uno para el otro [Manuscritos, p. 166]. Esta situación es vigente y se manifiesta en el hecho de que en nuestra sociedad sólo se resuelven aquellos problemas que comportan un beneficio económico, allí donde es posible establecer un negocio; el sector servicios sobrevive si y sólo si los problemas nunca se resuelven del todo. Además, el sustrato mínimo que se concibe como humano es el de una mera existencia animal, una máquina biológica que transforma víveres en fuerza de trabajo. Tal acción cosificadora es producto de la división del trabajo y de la acumulación de capitales, y el trabajador, del mismo modo que se ve rebajado en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina, y de hombre queda reducido a una actividad abstracta y un vientre [Manuscritos, p. 55]. Y como máquina, la máquina puede oponérsele como competidor; el maquinismo es una consecuencia necesaria en la lógica del sistema —esto es igualmente vigente—. Esta es la imagen de Hombre que maneja la Economía Política, imagen que no puede aceptar Marx.

Marx analiza las propiedades del capital. El poder del capital proviene del derecho positivo y se sustenta tan sólo en la calidad de propietario que le otorga a su poseedor. El poder del dinero es poder adquisitivo, es el poder de comprar cosas, poder sobre el producto del trabajo de otros y sobre el trabajo mismo. De tal forma que el capital es trabajo acumulado [Manuscritos, p. 70]. El beneficio del capital tiende siempre a la tasa más alta, pues ese es el interés del capitalista en emplear su capital arriesgándolo. La tasa más alta es aquella donde se reduce el precio de las mercancías al mínimo necesario para pagar la vida del obrero mientras dura su trabajo. Además el capitalista puede servirse de otros medios para elevar su beneficio por encima del natural, donde se alejan claramente los intereses del capitalista de los de la sociedad en general. La facilidad de circulación es otro de los factores que apoyan el beneficio del capital, los efectos alienantes del capital como tal se acrecientan, en general, con una circulación de dinero más eficaz —de este análisis cabía anticipar que el flujo de capital basado en el dinero electrónico tendría consecuencias claves en una sociedad dada, como ocurre en la actual—. Y respecto del interés del capitalista frente al interés general, la Economía Política sostiene que éstos coinciden, de manera que lo que es bueno para el capitalista es bueno para la sociedad: nada más lejos de la realidad. Ante esta situación se prevé que la única defensa es la competitividad entre capitalistas, sin embargo, Marx pasa a mostrar cómo el curso necesario de los acontecimientos lleva al monopolio, el capital se acumula cada vez en menos manos y cada vez más propietarios se ven desposeídos de sus propiedades dado que un gran capital se acumula proporcionalmente a su magnitud, más rápidamente que uno pequeño [Manuscritos, p. 76]. Podríamos decir que el poder resultante de la acumulación del capital va en progresión geométrica con dicha acumulación y no en una progresión aritmética donde pudiese darse verdadera competencia, competencia estacionaria, beneficiosa para la comunidad, como ingenuamente supone la Economía Política, que no tiene en consideración para este aspecto los nuevos poderes que se derivan de la gran acumulación de capitales, como puede ser el alineamiento vertical de los medios de producción.

La manifestación real del capital se expresa en el dinero, para el que reserva un apartado específico en el tercer manuscrito. En dicho apartado hace un análisis muy lúcido de sus características, y dice así:

El dinero, en cuanto posee la propiedad de comprarlo todo, en cuanto posee la propiedad de apropiarse de todos los objetos es, pues, el objeto por excelencia. La universalidad de su cualidad es la omnipotencia de su esencia; vale, pues, como ser omnipotente..., el dinero es el alcahuete entre la necesidad y el objeto, entre la vida y los medios de vida del hombre. Pero lo que me sirve de mediador para mi vida, me sirve de mediador también para la existencia de los otros hombres para mí. Eso es para mí el otro hombre.

Manuscritos, p. 174

La inversión y la confusión de todas las cualidades humanas y naturales, la conjugación de las imposibilidades; la fuerza divina del dinero radica en su esencia en tanto que esencia genérica extrañada, enajenante y autoenajenante del hombre. Es el poder enajenado de la humanidad.

[...] Transustancia mis deseos, que son meras representaciones; los traduce de su existencia pensada, representada, querida, a su existencia sensible, real; de la representación a la vida, del ser representado al ser real. El dinero es, al hacer esta mediación, la verdadera fuerza creadora.

Ibídem, p. 176

Por otro lado, la renta de la tierra vendría dada en última instancia por la mayor o menor fertilidad de la tierra y dicha propiedad la Economía Política se la otorgaría, absurdamente, al terrateniente. Y añaden: dado que el terrateniente explota todas las ventajas de la sociedad, su interés tiene que ir parejo con el interés de la sociedad. Sin embargo, la renta proviene de la oposición entre los intereses del terrateniente y del arrendatario; su interés en el aumento de la riqueza de una nación y, por consiguiente, de su tierra es aquel que, como hemos visto, condena al obrero a la miseria. Además esta lucha entre terrateniente y arrendatario empuja el salario hacia un mínimo [Manuscritos, p. 95]. Al igual que en el caso del capitalista, el interés del terrateniente se opone al interés de la sociedad. Hay también otro paralelismo y es que se da una tendencia necesaria a los grandes latifundios así como a los monopolios con los grandes capitales; el poseedor de grandes extensiones de terreno se encuentra con nuevos poderes más allá de los que el título de poseedor de dicho terreno le confieren. En este proceso —aunque Marx no lo haga explícito— se deja entrever la ley de la transformación de la cantidad en cualidad; cosa que ignora por completo la Economía Política.

Otro aspecto capital derivado del análisis de la propiedad territorial es la dependencia del precio de la tierra respecto del interés del dinero. Por un lado esa relación agrava la tendencia al gran latifundio, ya que se van absorbiendo aquellos terrenos que no puedan arrendarse. Por otro lado, la propiedad territorial cae en manos de los capitalistas, de forma que estos son a su vez terratenientes. La consecuencia última es, pues, la disolución de la diferencia entre capitalista y terrateniente, de manera tal que, en conjunto, no hay en lo sucesivo más que dos clases de población, la clase obrera y la clase capitalista [Manuscritos, p. 98]. Aparece aquí ya planteada la dualidad proletario-capitalista que hace eficaz el planteamiento dialéctico basado en su oposición, inaplicable en un escenario complejo de muchos actores. La diferenciación entre terrateniente y capitalista aparece como un estadio histórico previo —la vieja aristocracia— que viene a ser sustituido por la nueva aristocracia del dinero dentro de un movimiento dialéctico, movimiento necesario que se ve en la fundamental identidad entre propiedad territorial y capital como propiedad privada. Esta mercantilización de la propiedad de la tierra provoca además su extrañamiento, de modo que se enfrenta a aquellos que la trabajan. Con esto, en lugar del aforismo medieval no hay tierra sin señor aparece otro refrán: el dinero no tiene señor, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres [Manuscritos, p. 100].

Cabe notar aquí que el carácter cosificador y las contradicciones internas a que llega la teoría económica son en realidad producto de su carácter analítico y positivo. Tales defectos de diseño salen a relucir sólo en la medida en que Marx toma una perspectiva dialéctica que le permite concebir, entre otras cuestiones, sus negaciones intrínsecas. La Economía Política no puede concebir la negación de la humanidad del trabajador, ni que el trabajo se enfrente al trabajador, es decir, que una consecuencia niegue su causa; desde este punto de vista tales consideraciones o bien carecen de interés o bien son extrapolaciones llevadas demasiado lejos ya que, la teoría, se limita a la ciega constatación de cualidades que se hacen patentes sólo en la medida en que tienen fuerza efectiva en los casos empíricamente contrastables de su campo. El tipo de ser positivo que se deduce de su análisis sólo puede tener en cuenta aquellas características que se hagan medibles como cuantificación de ciertas actividades mensurables condensadas en unas magnitudes a considerar: precio, salario, etc. En este sentido, la función de la Economía Política se ha cumplido con éxito, y Marx se lo reconoce, pero el problema es otro bien distinto. El modo como una teoría, en principio limitada a los fenómenos empíricos de que se trate, se haya erigido como una realidad fehaciente que domina la realidad social de su momento histórico (y del presente) saca a relucir aspectos más profundos. De tal modo que lo que representa la economía es más que un mero aspecto de la actividad humana sistematizado en una ciencia, en cambio, recoge aspectos fundamentales de la naturaleza misma de la realidad, a saber, que la esencia de la realidad es material.

El trabajo enajenado:

  1. convierte a la naturaleza en algo ajeno al hombre,
  2. lo hace ajeno de sí mismo,
  3. hace del ser genérico del hombre un ser ajeno para él, un medio de existencia individual,
  4. si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro.

Si el trabajo y el producto del trabajo se enfrentan al trabajador como cosa extraña y no le pertenecen solamente pueden estar en manos de otro hombre, dado que el trabajo y su producto no pueden habitar otro mundo que el de los hombres. El núcleo de la alienación radica pues, en última instancia, en la propiedad privada. La propiedad privada [...] es el producto del trabajo enajenado, y [...] es el medio por el cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación [Manuscritos, p. 117]. Tal enajenación se extiende al grueso de la sociedad, pues todas las formas de alienación no son sino modos de la relación de enajenación fundamental que es la relación entre el trabajo y su producto. Y de esto mismo se sigue que la emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa en la forma política de la emancipación de los trabajadores, no como si se tratase sólo de la emancipación de éstos, sino porque su emancipación entraña la emancipación humana general [Manuscritos, p. 118].

Ya en el tercer manuscrito Marx nos presenta la superación positiva de este estado de extrañamiento, haciendo crítica al mismo tiempo de otras propuestas hechas por distintos autores que no logran su objetivo por no llegar al núcleo principal donde reside este extrañamiento. Esta superación se haya, según Marx, en un tipo de comunismo:

El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente. Este comunismo es, como completo naturalismo=humanismo, como completo humanismo=naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el enigma resulto de la historia y sabe que es la solución.

Manuscritos, p. 139

El comunismo clásico sólo supone un primer paso a la superación positiva de la propiedad privada y consiste en la propiedad privada general; esto no hace sino generalizar la situación del obrero en su alienación; la comunidad como capitalista general; se convierte en la genuina forma de la propiedad privada, en la negación de toda personalidad del hombre. Marx pretende un comunismo que es un humanismo. Ocurre lo mismo en lo relativo a la religión, el ateísmo se queda en la superficie, la filantropía del ateísmo es, por esto, en primer lugar, solamente una filantropía filosófica abstracta, la del comunismo es inmediatamente real y directamente tendida hacia la acción [Manuscritos, p. 140]. Amplia la perspectiva de Feuerbach a una totalidad material: La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas [Manuscritos, p. 106]. Todos estos aspectos son diferentes perspectivas de lo mismo y han de tender a una solución única. Religión, familia, Estado, derecho, moral, ciencia, arte, etc., no son más que formas especiales de la producción y caen bajo su ley general. La superación positiva de la propiedad privada como apropiación de la vida humana es por ello la superación positiva de toda enajenación, esto es, la vuelta del hombre desde la Religión, la familia, el Estado, etc., a su existencia humana, es decir, social [Manuscritos, p. 140]. Aquí está presente, además, una primera formulación del binomio base-superestructura y su relación causal; los estamentos sociales como epifenómenos de los modos de producción. Y, por otro lado, una reivindicación de la esencia social del ser humano, tal consideración debe prevalecer en la superación positiva del comunismo, hay que evitar ante todo el hacer de nuevo de la "sociedad" una abstracción frente al individuo. El individuo es el ser social [Manuscritos, p. 142].

Tal superación de la propiedad privada no se reduce a simple posesión —lo cual es aún alienación— sino que es apropiación total, en todos los aspectos que abarca la complejidad del ser humano, en todos sus sentidos, lo que incluye los sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc). La relación del hombre con el mundo se integra de un modo total, por lo cual teoría y praxis se aúnan, son la misma cosa. Marx critica aquí la idea clásica de la filosofía como tarea fundamentalmente teórica, en cambio, como dirá después, de lo que se trata no es de interpretar el mundo sino de cambiarlo.

Este humanismo como naturalismo, o esta apropiación plena del hombre de su humanidad, es a su vez una superación positiva en el plano epistemológico —dimensión que en ningún caso quiere Marx desligar— como ciencia única, lo cual tiene consecuencias reseñables como filosofía de la ciencia. Tal humanismo es un humanismo en clave materialista, considera la Historia del hombre como parte integrante de la naturaleza misma, lo que se deriva de una consideración material del ser humano, por ser el hombre mismo naturaleza. La Historia misma es una parte real de la Historia natural, de la conversión de la naturaleza en hombre. Algún día la Ciencia natural se incorporará la Ciencia del hombre, del mismo modo que la Ciencia del hombre se incorporará la Ciencia natural; habrá una sola Ciencia [Manuscritos, p. 149]. Lo cual viene a ser una superación dialéctica de la división formulada por Dilthey entre las Geisteswissenschaften y las Naturwissenschaften.

Referencias

  • Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía, trad. Francisco Rubio Llorente, Alianza Editorial, 2007.

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